En estas últimas semanas hemos vivido dos acontecimientos que han vuelto a poner el concepto de democracia en la palestra pública. El primero acaeció el 5 de octubre y fue la celebración de los 30 años del plebiscito que en 1988 determinó el principio del fin de la dictadura militar en Chile, y el inicio del proceso conocido como “transición a la democracia”. El segundo ocurrió el domingo 7 y fue la elección en Brasil, donde un candidato de corte populista y de extrema derecha, Jair Bolsonaro, estuvo a poco de ganar en primera vuelta en unos comicios marcados por el descontento popular hacia la clase política, debido a los casos de corrupción y la existencia de numerosas falencias en el orden económico y social que está viviendo ese país tras los años de gobierno del Partido de los Trabajadores.

Digo esto porque mientras en uno se rememoró el inicio de la (re)construcción de un sistema democrático tras 17 años de una Dictadura o Régimen plagado de restricciones y atropellos a los derechos y libertades fundamentales, en el otro pareciera observarse una crisis de la democracia o, incluso, un cuestionamiento acerca de si la democracia es el mejor sistema para ordenar una sociedad diversa y a la vez proteger los derechos y libertades de la población.

Cierto es que la democracia no es un sistema perfecto. De hecho, a Winston Churchill se le atribuye la frase “la democracia es la peor forma de gobierno, excepto por todas las otras formas que han sido probadas de vez en cuando”. Cierto académico chileno, Agustín Squella[1], ha señalado que la democracia tiene el defecto de ser muy rápida para el surgimiento de demandas, pero muy lenta para lograr respuestas a las mismas[2]. Claro, en este sistema, con sus múltiples variantes, lo que se quiere conseguir es poder responder de manera eficaz y eficiente a la demanda ciudadana sin que por ello se perturbe el núcleo esencial de los derechos fundamentales de toda persona o grupo.

Con todo, la ciudadanía no siempre puede cultivar el hábito de la paciencia, cuando las necesidades apremian y parecieran crecer, y aquellos que deberían solucionarlas no están a la altura de sus puestos por incapacidad o inmoralidad. Es aquí cuando la democracia empieza a sufrir, y si no hay un sistema político más o menos robusto, con una ciudadanía más o menos empoderada e informada, se corre el riesgo de caer en soluciones que llevan, invariablemente, al autoritarismo. Ahora bien, no siempre el cambio es tan del día a la noche, y muchas veces se cae en un estado intermedio, en que no hay autoritarismo pero tampoco hay un sistema democrático en el sentido real de la palabra. Esto puede ser un disfraz, pero también una degeneración de la democracia, y cuando esto se hace con cierto grado de despotismo popular se cae en la oclocracia.

Oclocracia, una Democracia Mutilada.

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Polibio. (CC) Tsui

Así como para Aristóteles la Oligarquía (gobierno de los pocos) era una degeneración de la Aristocracia (gobierno de los mejores), y la Tiranía una degeneración de la Monarquía, cuando la Democracia degenera se daba el fenómeno de la “Oclocracia”, es decir, pasar del gobierno del pueblo al gobierno de muchos. El concepto, no obstante, no fue acuñado por el eminente filósofo, sino por Polibio, varios siglos más tarde, estudiando la obra de aquél.

 

Hay que empezar recapitulando algunos conceptos. Como decía anteriormente, la Democracia ante todo es un sistema de equilibrios. Una frase muy trillada, pero útil al caso, refiere a que es “el gobierno de la mayoría, con respeto a las minorías”, lo que indica que si bien su principio activo es la decisión basada en el consenso del mayor número posible de ciudadanos, ello no significa que aquellos que no consienten en la decisión deban ser sacados del juego. La democracia, al menos el concepto tradicional, se basa en el principio de diversidad y de equilibrio entre Libertad e Igualdad, habiendo variaciones acerca de cuál tiene preeminencia o cómo debe alentarse una sin desproteger a la otra, o viceversa[3]. Hay diversos caminos, pero lo esencial es que las instituciones encargadas del gobierno (crear normas, aplicarlas, solucionar conflictos) se guíen por estas premisas. Como dije antes, no siempre es fácil, por la diversidad de respuestas y la diferencia de paciencia para esperar la respuesta correcta a determinado problema.

Pues bien, la Oclocracia juega a ser una apariencia de democracia. Pero a diferencia de las dictaduras que se visten de democráticas y ocultan su autoritarismo, en las oclocracias el juego democrático parece seguir en su interior, pero es un juego con reglas cambiadas. Producto de la degeneración, el concepto de democracia es trastocado, y el pueblo entendido como una conciencia común y clara que equilibra sus tres tiempos (pasado, presente y futuro) se degrada a una muchedumbre, inmadura y cortoplacista, que no tiene esa conciencia y se entrega a las soluciones que los “iluminados” dictan. Asimismo, y por anteponer sus intereses al interés común, los miembros de la oclocracia temen a la voz crítica de las minorías y la silencian, cuando no la aíslan. Por otro lado, se abandona el principio de equilibrio que contrapesa los elementos esenciales de Libertad e Igualdad, y crean un falso dilema entre una y otra, para que la opción por una implique necesariamente la anulación de la otra opción.

Entonces, la Oclocracia, más que una democracia degenerada, podría concebirse como la “mutilación de la democracia”, donde sólo se extrae el gobierno de la mayoría como elemento definidor, y donde la demanda de solución rápida motiva pasar a llevar aspectos delicados de la convivencia humana. Las instituciones, que en una democracia deben velar por ese equilibrio, se transforman en herramientas que potencian la mutilación y crean el ambiente de aparente democracia que obnubila a quienes se benefician del cuento[4].

Oclocracia frente a otros conceptos

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(CC) Carlos Díaz

Valga entonces colocar a la Oclocracia en su verdadera esfera, y para ello debemos confrontarla con algunos conceptos que pudieran confundirse con ella.

Populismo:

En su concepto original, se refiere a la opción política por la defensa de los derechos del pueblo, especialmente las clases menos favorecidas. Esta doctrina influyó en diversos tipos de gobierno con preferencia en la primera mitad del siglo XX, y en sus múltiples formas trató de erigirse en una alternativa a los modelos capitalistas o socialistas. Con todo, debido a sus errores y a su eclipsamiento por las soluciones pragmáticas o tecnocráticas que fueron relegándolo, el populismo quedó con un estigma negativo al punto que hoy se le hace sinónimo de demagogia o de la falacia ad populum, es decir, como forma de halagar a las masas[5].

Cierto es que la oclocracia tiene elementos del populismo, sea como ideología o como estrategia, pero va más allá de ganarse el favor de los “muchos”, sino que es en ellos en que reside la razón de ser de su existencia. El populismo perfectamente pudo funcionar en ambientes democráticos institucionalizados, y la demagogia es un pecado político frecuente, pero la oclocracia se incrusta en el mismo funcionamiento del sistema. Por otro lado, el populismo puede servir de disfraz a intereses para nada populares, cosa que se relaciona más con otros conceptos que veremos.

Autoritarismo

La oclocracia en sí no es autoritaria, pero permite crear el ambiente propicio para que las instituciones de la que antaño era democracia terminen siendo suplantadas por un orden dictatorial. Básicamente, cuando la oclocracia convierte el orden institucional en el desorden de las muchedumbres sin una guía legitimada. Ahí, en donde el equilibrio entre derechos obligaría a respetar los espacios de desarrollo personal y social, surge la figura del caudillo que, con la promesa de refundar, destruye esos espacios y construye otros que se hacen funcionales a su poder (que no liderazgo)[6].

En este sentido, en la oclocracia (camino a dictadura) se da con más fuerza la figura del despotismo ilustrado, ejemplificado en la frase “todo para el pueblo, pero nada con el pueblo”. Y es que en el fondo la muchedumbre, por no saber a donde va, termina quedándose estancada y, ciega, acaba por bailar al son del primer flautista que oyen y que por su ceguera no saben quién podría ser.

Anarquía

La oclocracia no debe identificarse con la anarquía o el anarquismo, que son cosas distintas, y en realidad aquélla oculta un defecto que la hace incompatible con éstos. Digamos al pasar que mientras en la anarquía se cae en un estado de “anomia” en que no hay ninguna guía, por mala que ésta sea, el anarquismo es más bien un conjunto de doctrinas que ensalzan el gobierno horizontal de las sociedades, sin obediencia a un poder superior y vertical[7].

Ahora bien, la anarquía y la oclocracia no se parecen porque mientras aquélla reniega de un orden institucional, ésta sufre de “dependencia de lo institucional” para poder existir. Dado que la oclocracia es una parodia de democracia, requiere de los elementos de que se vale ésta para subsistir y ejercer su labor de equilibrio, como burocracia, elecciones, leyes, etc. Si no las tiene, la muchedumbre puede quedar en babia, y los problemas que se solucionaban (a medias) o se ocultaban quedan expuestos, y con ello el sistema cae por la explosión popular.

Oclocracia: ¿el problema de América Latina?

Históricamente, América Latina ha estado lejos de los fenómenos liberales y democratizadores que se han desarrollado en los países del Occidente más “adelantado”. La herencia indiana, unido a un sistema social de vocación oligárquica y de concentración del poder político y económico, crean un malestar en la población que no pudo ser siempre ignorado desde las alturas.

Algunos líderes preclaros, entendiendo que de no haber solución esto podría desembocar en crisis que amenazaran el orden, buscaron crear las condiciones que permitieran la solución de estos problemas sin dañar la convivencia democrática. No obstante las buenas intenciones, pronto los problemas se multiplicaron, ya que el pueblo dejó de estar “ciego” (intelectualmente hablando) para pasar a estar “tuerto”, que no es lo mismo que ver con los dos ojos (metafóricamente, se entiende). Y una vez más, la democracia mostró su debilidad intrínseca y, ante la prisa, se avinieron los órdenes autoritarios o, como no, los intentos de oclocracia.

Hoy, se denuncia que el socialismo del siglo XXI ha degenerado en oclocracias los regímenes de Venezuela o Bolivia, cuando no en dictaduras[8]. Sin embargo, el auge del populismo de derechas en países como Turquía, Hungría o Polonia, y la reciente victoria de Bolsonaro en Brasil, nos permite concluir que no es un patrimonio exclusivo de las izquierdas. En realidad, la oclocracia surge del clima de impaciencia, falta de definiciones claras, apatía o resignación de la población, y a veces un enorme ego del ciudadano común.

Ante esto, el llamado es siempre el mismo: a que la ciudadanía se informe, se eduque, comprenda qué es (y qué no es) la democracia. Porque si no, las confusiones pueden darse y, ante la degeneración, se llegue a pensar erróneamente que la democracia es la que está fallando, y no es así. Al menos, no en el caso tradicional de democracia, sino en su forma degenerada. Sobre todo, cuando se hacen reducciones a lo económico, lo “valórico” (moral) u otras parcelas de la convivencia social, sin entender que el sistema es un todo holístico e inalienable.

Y por sobre todo, junto a lo anterior, es necesario desarrollar la “paciencia activa” en la población, para evitar las prisas que no conducen a nada, sin que se pierda la constancia en el avance democrático. No apurarse y tampoco perder el tiempo.

 

Conclusiones

La oclocracia tiene la apariencia de una democracia, pero mientras ésta se basa en el equilibrio entre derechos, libertades e igualdades, y en el no atropello de la mayoría a la minoría, la oclocracia pervierte sus instituciones y mutila el concepto, para halagar a la muchedumbre y proponer una solución de corto plazo a sus problemas que no tiene miramientos con balancear libertad con igualdad.

La oclocracia se relaciona, mas no es sinónima del populismo, si erige un sistema basado en halagar el deseo de las masas más que de resolver de manera seria los problemas sociales con respeto a los fundamentos básicos de la sana convivencia general. Tampoco es sinónimo de anarquía, por cuanto requiere de las instituciones para sobrevivir. Y si bien no es tampoco una forma de autoritarismo, crea las condiciones para que éste medre y se imponga.

La oclocracia se puede prevenir, desarrollando una cultura cívica que comprenda lo necesario de los equilibrios del sistema como elemento indispensable para el avance del progreso social. La educación (no sólo la instrucción escolar o profesional) es la clave.

 

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[1] Que si pronunciáramos bien el italiano leeríamos como “Scuel-la”, y no “Skeya”, porque en este último caso debería escribirse Scheggia o Scheglia.

[2] Montecino, Sonia. Reflexiones sobre democracia, política e igualdad. Entrevista a Agustín Squella. En: Anales de la U. de Chile. – 2011. – 2 : Vol. 7. – págs. 79-86: repositorio.uchile.cl/bitstream/handle/2250/122203/Reflexiones-sobre-democracia-politica-e-igualdad.pdf

[3] Tramanoni, Melissa. Democracia según Tocqueville: ¿libertad o igualdad? – STUDENTS FOR LIBERTY (2017): studentsforliberty.org/2017/06/12/democracia-segun-tocqueville-libertad-o-igualdad/

[4] Sobre la involución de democracia a oclocracia, Arriagada, Mario. «Oclocracia: el gobierno de la muchedumbre». Cultura y vida cotidiana. 2011: cultura.nexos.com.mx/?p=1577

[5] Sobre la evolución del concepto y su relación con los órdenes institucionales, véase Ylarri, Juan Santiago. Populismo, crisis de representación y democracia. En: Foro, Nueva época, vol. 18, núm. 1 (2015), pp. 179-199: revistas.ucm.es/index.php/FORO/article/view/49695/46196

[6] Véase Sarmiento, Carlos. Apostillas sobre la oclocracia (2010). carlosjsarmientososa.com/oclocracia-2/

[7] Sobre un concepto de anarquismo, recomiendo leer Jourdain, Edouard. El Anarquismo. Bs. Aires: Paidós, 2014: books.google.cl/books?id=m1dpBQAAQBAJ.

[8] Obviamente, las posiciones están encontradas entre los defensores y los detractores. Cosa de poner “oclocracia Venezuela” en Google (o del país que se le ocurra) y casi siempre la ejemplificarán en el respectivo enemigo de quien publica.

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